Meditaciones para el fin del mundo. Por Liu Ying
Título: Adios a la ansiedad
Autor: Paramita
Fecha: julio 24 2025
El fin del mundo: cuando el ruido se detiene
Por Liu Ying
El miedo al apocalipsis revela algo más profundo: la dificultad de quedarnos a solas con nosotros mismos. Entre la catástrofe imaginada y el silencio real, una rutina de calma para cuando el mundo —o nuestra idea del mundo— se detiene.
El primer temblor
No siempre el fin del mundo llega con fuego.
A veces empieza con un rumor. Una alarma, un mensaje, un silencio raro en el aire.
No hace falta una bomba ni una pandemia: basta con sentir que algo esencial se ha detenido.
En ese instante, el tiempo pierde su forma.
El cuerpo espera instrucciones que no llegan.
El corazón late como si presintiera un trueno.
En Chengdu, mi abuela decía:
“El mundo se acaba cada vez que olvidamos escuchar.”
No hablaba de profecías. Hablaba de ritmo.
Cuando el corazón ya no sigue el compás del cielo, todo lo demás se desordena.
II. El trueno y la risa
El I Ching llama Zhen al hexagrama del trueno.
Dice: El trueno despierta al durmiente; el sabio ríe bajo la lluvia.
El trueno es el susto necesario.
Nos recuerda que seguimos vivos.
Ahora el miedo toma la forma de una noticia, una guerra, un cálculo de probabilidades.
Las calles siguen llenas, pero la mirada se encoge.
Todos sospechamos que algo invisible se ha roto.
Y sin embargo, bajo el estruendo, hay una posibilidad:
detenernos.
Dejar que el miedo haga su trabajo, pero no más de lo necesario.
El cuerpo como refugio
Cuando el afuera se vuelve incierto, el cuerpo se vuelve casa.
Ahí empieza la verdadera meditación: volver a sentir.
Rutina mínima para los días inciertos:
Al despertar, no abras el móvil. Mira la luz. Respira tres veces. Escucha si el aire está pesado o claro.
La taza. Prepara algo caliente. Sostén la taza entre las manos. Observa el vapor. Eso también es oración.
El cuerpo. Recorre los músculos desde los pies hasta el pecho. Nota lo que duele, lo que aún vibra.
El silencio. Apaga todo durante una hora. Deja que el silencio te mire.
En ese espacio, a veces, el miedo se vuelve suave.
No desaparece.
Solo cambia de nombre.
Si estás solo
La soledad es un espejo.
Primero asusta, luego revela.
En días de encierro, escribe tres líneas cada noche.
No lo que hiciste, sino lo que sentiste.
Una palabra basta: “luz”, “cansancio”, “respiro”.
Con el tiempo, esas palabras se vuelven compañía.
Habla con los ausentes.
Con los árboles que conociste, con tus muertos.
El alma —dice el Tao— no vive en un cuerpo, sino entre las cosas.
Mientras recuerdas, el mundo sigue respirando contigo.
Si estás acompañado
Compartir el encierro también es una prueba.
Las paredes se encogen, las palabras se vuelven cuchillos.
Aquí la práctica es otra: no intervenir.
Observar sin querer cambiar.
Dejar que cada uno tenga su propio miedo.
Comer juntos en silencio.
Escuchar la respiración del otro como si fuera música.
El silencio compartido es una forma de ternura.
En China decimos: No puedes hacer crecer una flor tirando de su tallo.
Así también con los que amas.
Solo darles agua, luz y espacio.
Título: Desata tu potencial en cuatro clave
Autor: Paramita
Fecha: 24 Noviembre 2024
La mente como jardín
El miedo es una semilla.
Si la alimentas con pensamientos, crece sin parar.
Si la observas sin regarla, se seca.
Cuida tu mente como un jardín:
Arranca las malas hierbas (las noticias repetidas, los escenarios catastróficos).
Riega con pequeñas alegrías.
Acepta que no todo florece a la vez.
Cada respiración es una ola que limpia.
Cada gesto —lavar, cocinar, tender— es una forma de oración.
No se trata de negar el fin, sino de vivir dentro de él.
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El regreso
Cuando el ruido cesa, nada vuelve igual.
Pero la vida insiste.
Una paloma sobre el cable, el olor del pan, un niño que llora.
El Tao enseña: wu wei, no forzar.
Deja que las cosas encuentren su ritmo.
El I Ching llama El retorno al hexagrama 24:
“Después del exceso de oscuridad, el movimiento regresa.”
Así también nosotros, después del miedo, aprendemos a respirar distinto.
Volver a encender una vela.
Volver a barrer.
Volver a empezar sin certeza, pero con gratitud.
Epílogo: el mundo que respira
Quizá el fin del mundo ya pasó muchas veces.
Y seguimos aquí, repitiendo el mismo gesto: intentar entender.
La respuesta, tal vez, es simple:
no aferrarse.
No buscar el control, sino la sintonía.
El Tao no empuja.
Solo muestra por dónde fluye el agua.
Si mañana todo se apaga, que nos encuentre despiertos.
Respirando, escuchando, sin violencia.
Habitando con ternura lo que aún late.
Porque el fin del mundo, al final, no es un final.
Es una forma de empezar de nuevo.
Más despacio.

Por Javier Ortega
Liu Ying (刘颖) nació en Chengdu, China, en 1989. Estudió Periodismo en la Universidad de Pekín y un máster en El País–UAM. Vive en Barcelona, donde escribe sobre los cruces entre Oriente y Occidente, el silencio y la vida urbana. Su trabajo busca lo invisible: los gestos, los ciclos, lo que cambia sin ruido. Liu, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.




