La historia de «El Anticristo»: bestias del Apocalipsis.

Llevamos dos mil años esperando el Anticristo y, entre tanto, solo se acaban las pilas del mando remoto. Cada época tuvo su Anticristo —emperadores, papas, dictadores o influencers— y ninguno cumplió el guion. El Apocalipsis, al final, es un asunto personal: empieza cuando se muere alguien querido y termina contigo. Todo lo demás son tráileres mal montados del mismo estreno.
el anticristo

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Autor: Cuentos curiosos
Fecha: julio 24 2025

Las bestias del apocalipsis (una historia de los Anticristos)

por Javier Ortega

 

La humanidad, desde que aprendió a contar los días, está esperando el último, el de «El Anticristo». Hay algo deliciosamente teatral en eso de imaginar el telón bajando sobre la Tierra mientras suenan trompetas celestiales y las bestias salen del mar. Pero lo cierto es que el Apocalipsis nunca llega. O mejor dicho: siempre llega, pero en diferido.

Cada generación ha tenido su propio Anticristo, su monstruo favorito, su candidato al fin de los tiempos. Unas veces vestido de emperador, otras de político, otras de cantante pop. No hay siglo sin su profeta del desastre, ni época sin su clientela del miedo.

 

I. Roma arde, ergo el fin está cerca

El primer gran Anticristo, según la mitología judeocristiana, fue Nerón. El hombre que tocaba la lira mientras Roma ardía, aunque probablemente ni supiera tocarla. Los primeros cristianos lo odiaban tanto que, cuando desapareció misteriosamente, creyeron que volvería de entre los muertos para reinar sobre el caos. Fue el primer zombi imperial.

De ahí en adelante, el título de Anticristo se convirtió en un oficio no remunerado pero muy popular. En la Edad Media se lo colgaron a Mahoma, a los papas rivales, a los reyes protestantes, a los judíos, a las mujeres que sabían leer y a cualquier pobre diablo que no comulgara con la ortodoxia del momento. La caza del Anticristo fue el pasatiempo predilecto de la Europa que no tenía Netflix.

 

II. El demonio se imprime

Con la imprenta, el fin del mundo se democratizó. Lutero publicó panfletos denunciando al Papa como la Bestia del Apocalipsis, y Roma respondió acusando a Lutero de lo mismo. Es decir: ambos tenían razón. Porque si algo enseña la historia de los Anticristos es que siempre hay más de uno, y todos creen que el otro es el malo.

Durante siglos, las guerras de religión funcionaron como reality shows del Apocalipsis: sangre, fuego, profecías y mucha publicidad. El miedo a la Bestia vendía más que cualquier bula papal.

III. Napoleón y los números del Diablo

En el siglo XIX, los cálculos numerológicos vivieron su edad dorada. Se buscaban los 666 en cualquier esquina del calendario. Napoleón Bonaparte fue acusado de ser el Anticristo por reunir todos los requisitos: poder absoluto, ambición desmedida y un buen sastre.

Después llegó el siglo XX, el laboratorio definitivo de los falsos Mesías. Hitler, Stalin, Mussolini: todos tenían el currículum. Algunos incluso sabían posar para la cámara con la mirada mística del elegido. Cada guerra, cada genocidio, parecía confirmar que el Apocalipsis estaba al caer. Pero no. Siempre había una posguerra, una reconstrucción, un nuevo orden mundial. El mundo, como los malos fumadores, tosía, se recomponía y seguía tirando.

 

IV. El Anticristo como marca registrada

En los años setenta, Hollywood comprendió que el Anticristo daba juego en taquilla. La profecía, El exorcista, Rosemary’s Baby… El Diablo se volvió franquicia. El miedo se estetizó. Ya no hacía falta creer: bastaba con mirar.

El Apocalipsis, convertido en género cinematográfico, perdió su gravedad teológica y ganó glamour. La Bestia ya no salía del mar, sino de Beverly Hills. La posmodernidad hizo del fin del mundo un espectáculo con banda sonora.

Mientras tanto, las sectas apocalípticas florecían como hongos. Desde los seguidores de Charles Manson hasta los suicidios colectivos de Jonestown, todos querían irse antes de que se acabara el planeta. El fin del mundo, paradójicamente, se convirtió en una forma de diferenciarse del resto.

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V. El milenio y otras decepciones

El año 2000 fue el mayor spoiler de la historia. Entre el efecto 2000 y las profecías de Nostradamus, se esperaba que el sistema colapsara o que el cielo se abriera. No pasó nada, salvo que se agotaron los CDs de Millennium de Robbie Williams.

El Anticristo, en cambio, siguió mutando. Unos lo veían en George W. Bush, otros en Bin Laden, otros en Bill Gates. Después fue Obama, después Trump, después Putin. Cada década recicla su propio demonio. El infierno se ha vuelto un trending topic intermitente.

 

VI. Silicon y Salvación

Hoy el Anticristo tiene cuenta en X (antes Twitter) y sube vídeos motivacionales a TikTok. Ya no promete fuego eterno, sino longevidad y productividad. Los nuevos mesías no predican, monetizan. Te venden la salvación en cuotas mensuales, con descuento si te suscribes antes del fin de la semana.

El Apocalipsis se ha vuelto algoritmo. Ya no tememos al juicio final, sino a quedarnos sin batería. Y cada notificación es una trompeta que anuncia el caos.

En este ecosistema, las viejas profecías suenan casi entrañables. Antes el fin del mundo era una épica cósmica; ahora es un fallo de servidor. Antes esperábamos al Anticristo; ahora somos nosotros quienes actualizamos sus versiones.

 

VII. El Apocalipsis personal

Porque, en el fondo, cada uno lleva el suyo dentro. No hace falta mirar al cielo buscando señales. El fin del mundo empieza cuando alguien deja de esperarte, cuando muere un amigo, cuando la ciudad donde creciste ya no te reconoce.

Los antiguos profetas hablaban de bestias con siete cabezas; nosotros tenemos siete pantallas abiertas. Ellos temían a la marca del Diablo; nosotros pasamos el día marcando casillas en formularios digitales. El resultado es el mismo: obediencia, miedo, distracción.

Y sin embargo, seguimos aquí. Siguiendo profecías como quien sigue series. Cada día un desastre nuevo, cada semana un candidato a Anticristo. Es agotador, pero también, admitámoslo, entretenido.

VIII. Epílogo: morir es el verdadero fin del mundo

La única certeza apocalíptica es la muerte. Todo lo demás son ensayos generales. Cuando uno se muere, el mundo efectivamente se acaba. Las trompetas suenan —aunque sea en tu cabeza— y se apaga el escenario.

Quizá por eso inventamos tantos Apocalipsis colectivos: para no pensar en el personal. Es más fácil imaginar la destrucción del planeta que la desaparición propia. El fin del mundo tiene merchandising; la muerte, no.

Así que cada vez que alguien anuncia el regreso del Anticristo, conviene recordar que no hace falta esperarlo: está dentro del calendario biológico. Y no tiene cuernos, ni cola, ni número. Tiene fecha.

Mientras tanto, que el mundo siga terminando un poco cada día. Que arda Roma, que caiga la bolsa, que se hunda Twitter. Lo que importa es el fuego interior, el que no destruye, sino ilumina el absurdo.

Al final, quizás el Apocalipsis no sea un cataclismo, sino una metáfora de lo evidente: que estamos vivos por un rato, y que ese rato es un milagro grotesco, una tragicomedia de carne y miedo.

Así que brindemos por las bestias, por los falsos profetas y por las alarmas falsas. Que nunca falten. Porque cuando de verdad llegue el fin —el nuestro, el íntimo, el intransferible— ya no habrá a quién contárselo.

periodista javier ortega

Por Javier Ortega

Javier Ortega estudió Historia en la Universidad de Granada, donde desarrolló su gusto por las narrativas del colapso, las herejías culturales y las marginalidades del pensamiento. Más tarde completó el Máster de Periodismo de El País y cursó estudios parciales en Derecho, lo que le dio herramientas para moverse con precisión verbal incluso en los terrenos más resbaladizos. Javier, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.