¿Explosión nuclear o ataque químico? Estos son los protocolos.
Título: ¿Qué hacer en caso de un ataque nuclear?
Autor: Badabun
Fecha: julio 24 2025
Protocolo universal para explosión nuclear o lo que venga.
Manual para sobrevivir a lo improbable: ataques nucleares, guerras químicas, meteoritos errantes, invasiones alienígenas y líderes eternos.
Hubo un tiempo en que el Apocalipsis tenía forma y horario: una sirena al mediodía, un refugio bajo el colegio, un botón rojo en un despacho con moqueta. Los manuales de defensa civil enseñaban a agacharse bajo la mesa, como si una tapa de madera pudiera frenar el infierno atómico.
Hoy todo es más sofisticado y más confuso: el fin se ha diversificado. Puede llegar en forma de virus, ciberataque, apagón, meteorito, inteligencia artificial o discurso político. Vivimos en la era del multifin, donde cada amenaza compite por minutos de atención y patrocinadores.
Sin embargo, el cuerpo humano —esa reliquia biológica que aún late sin Wi-Fi— sigue necesitando protocolos.
No porque sirvan de mucho, sino porque el orden tranquiliza. Ponerle pasos al desastre es una manera de domarlo.
Así que aquí va esta guía posmoderna: cinco escenarios posibles, todos improbables, todos inquietantemente familiares.
Un poco de rigor, un poco de humor, y el convencimiento de que la lucidez también puede ser un refugio.
1. En caso de explosión nuclear: cerrar la ventana, abrirse a la ironía
Ninguna civilización ha estado tan cerca de autodestruirse con tanta disciplina. Desde 1945 vivimos bajo el signo del átomo, esa bomba que nunca cae pero que siempre suena. Las guerras se enfrían, los tratados se deshacen y los misiles se modernizan. La amenaza, como el vino barato, envejece pero no caduca.
Si un día hay una explosión nuclear y ves un destello blanco más brillante que el ego de Elon Musk, no corras hacia él. No es iluminación espiritual.
Busca refugio inmediato, preferiblemente bajo tierra o en una habitación interior sin ventanas. El tiempo crítico son los primeros minutos: ahí se decide si eres noticia o estadística.
Improvisa: colchones contra las paredes, mantas húmedas, cinta adhesiva. Sella puertas y ventanas no para frenar el uranio, sino para sentir que aún puedes controlar algo.
Ten agua embotellada, comida enlatada y una radio. Sí, una radio: ese artefacto que funciona sin Internet y que te recordará que la voz humana aún existe.
Y si sobrevives a la onda expansiva, no olvides el protocolo psicológico: no mires el hongo. Es la Medusa moderna: te convierte en piedra o en trending topic.
Reírse del hongo, con la distancia justa, puede ser el primer acto de resistencia. El humor, al fin y al cabo, no evita la radiación, pero retrasa la desesperación.
2. En caso de ataque químico: ni respires.
Los agentes químicos no se ven, pero se intuyen. Tienen ese aroma metálico del miedo, esa sensación de que el aire se volvió enemigo.
El protocolo clásico: cubre tu nariz y boca con un paño húmedo, apaga ventilaciones, sella ventanas.
El protocolo moderno: haz lo mismo con las redes sociales.
Durante una crisis química, los rumores se expanden más rápido que los gases. Las “fuentes anónimas” pueden intoxicar más que el cloro.
Si sospechas exposición, lávate con abundante agua y jabón, quítate la ropa contaminada y evita tocarte la cara.
Si sospechas manipulación mediática, procede igual: limpia tu mente, cámbiate de discurso y evita el contacto con la toxicidad ajena.
El enemigo invisible —sea gas o desinformación— se combate con calma y con distancia.
Lo más importante no es sellar tu casa, sino mantener una zona limpia dentro de ti.
Porque el gas se dispersa, pero la paranoia se instala y cobra alquiler.
3. En caso de guerra convencional: volver a lo básico
Ninguna guerra es moderna, aunque las vendan en 4K. Siempre termina igual: gente escondida, fuego cruzado, mercados vacíos y un silencio que no se borra.
Ante un conflicto armado, los manuales repiten lo obvio: refugio, comida, agua, primeros auxilios.
Pero lo esencial no se guarda en una mochila, sino en la cabeza.
El primer paso es identificar tu territorio emocional.
Qué puedes controlar (tus reacciones, tus decisiones) y qué no (las fronteras, los precios, los discursos).
La diferencia entre el caos y la supervivencia está en la mente.
Si tienes vecinos, háblales antes de que la tensión los convierta en enemigos. En el colapso, la comunidad es la nueva fortaleza.
Comparte recursos, noticias verificadas, tareas. La guerra deshumaniza; cooperar te devuelve la forma humana.
Y sí, prepara tu kit: linterna, cargador solar, medicinas, documentos, dinero en efectivo, agua. Pero también incluye una foto, una carta, algo que te recuerde quién eras antes del bombardeo.
Porque cuando el polvo se asiente, necesitarás una versión de ti a la que volver.
Título: Cómo actuar ante un ataque nuclear
Autor: The wild project
Fecha: 27 de abril 2025
4. En caso de caída de meteorito: aceptar la belleza del error cósmico
Los astrónomos lo saben: vivimos en un barrio galáctico poco fiable. Cada cierto tiempo, una piedra gigantesca pasa rozando la atmósfera, como una amenaza elegante.
Si un meteorito realmente impacta, no hay protocolo humano que sirva.
Ni búnker, ni criptomoneda, ni chaleco antiimpacto. Lo único que puedes hacer es mirar hacia arriba con cierta dignidad.
El meteorito es la metáfora más limpia del absurdo: todo un planeta preocupado por la bolsa y la moral, y de pronto una roca lo simplifica todo.
En ese momento, lo sensato es no perder la estética.
Sirve una copa, respira, contempla el espectáculo. Si tienes compañía, brinda. Si estás solo, brinda igual.
Los dinosaurios no tuvieron tiempo de despedirse. Tú, al menos, puedes hacerlo con música.
La destrucción, cuando es inevitable, merece un gesto de belleza.
Aceptar lo cósmico no es rendición: es entender que la vida siempre fue un error afortunado.
5. En caso de invasión alienígena: educación terrícola
Si llegan, lo harán por aburrimiento. O por estudio antropológico: una especie capaz de inventar el jazz y la bomba atómica en el mismo siglo merece observación.
El protocolo principal: no entrar en pánico colectivo.
Los humanos, en masa, somos mucho más peligrosos que cualquier extraterrestre.
Recuerda: toda civilización avanzada teme al ridículo.
La mejor defensa podría ser la comedia. Un pueblo que se ríe de sí mismo es imposible de conquistar.
Si te encuentras cara a cara con un visitante intergaláctico, haz lo que haría un buen malagueño: ofrece un café y pregunta de dónde vienen con esa calma que desarma.
Si se muestran hostiles, no luches: no hay arma más potente que la curiosidad desinteresada.
Y si descubres que los alienígenas ya están aquí —y solo usan corbata—, actúa con naturalidad. La adaptación siempre fue nuestra mayor inteligencia.
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6. En el caso de que Trump se transforme en rey del mundo: mantener la compostura democrática
Este escenario ya lo rozamos varias veces, así que conviene tener el plan hecho.
Imagina un planeta donde los algoritmos votan, la verdad se cotiza en bolsa y la ironía es delito menor.
El nuevo monarca global proclama un edicto de autopromoción perpetua, y cada ciudadano debe usar una gorra roja como pasaporte emocional.
Protocolo de emergencia civil:
No discutir. El poder se alimenta del ruido.
Dominar la ironía seca. Un gesto sobrio vale más que un manifiesto.
Ocultar tus libros de Orwell entre manuales de autoayuda.
Mantener redes paralelas de humor y pensamiento. La clandestinidad empieza con un chiste bien contado.
En los regímenes del espectáculo, el silencio es resistencia y la memoria, un arma de largo alcance.
La dignidad no se negocia, pero se disfraza de normalidad hasta que el viento cambia.
Epílogo
Debes saber que el verdadero objetivo de cualquier protocolo no es salvarte del desastre, sino darle forma a la incertidumbre.
El mundo puede arder, pero tú sigues numerando pasos, sellando puertas, afinando rutinas.
Ese gesto ordenado es una forma de oración laica: un intento de convertir el miedo en método.
Los antiguos rezaban; nosotros hacemos listas.
Ellos ofrecían incienso; nosotros recargamos baterías.
El impulso es el mismo: mantener una pequeña luz en medio del caos.
Porque lo que realmente mata no es la bomba, ni el gas, ni el meteorito, sino el desorden sin relato.
Mientras haya una historia que contar —aunque sea absurda—, todavía hay refugio.
Así que si llega el fin —uno, varios o todos—, recuerda el mandamiento supremo:
mantén la calma, el humor y el sentido del ritmo.
Que el Apocalipsis, si viene, nos pille vivos por dentro, con las ideas frescas y la ironía encendida.
Y si al final no viene, mejor: habremos aprendido a vivir como si cada día fuera el primero después del desastre.
Y eso, créeme, ya es una forma de resurrección civil.

Por Javier Ortega
Javier Ortega estudió Historia en la Universidad de Granada, donde desarrolló su gusto por las narrativas del colapso, las herejías culturales y las marginalidades del pensamiento. Más tarde completó el Máster de Periodismo de El País y cursó estudios parciales en Derecho, lo que le dio herramientas para moverse con precisión verbal incluso en los terrenos más resbaladizos. Javier, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.




