¿Qué es el pensamiento WOKE? El monstruo de la extrema derecha.

El término pensamiento woke nació como una llamada a la conciencia frente a la injusticia racial y terminó convertido en el eje de las guerras culturales contemporáneas. Este artículo rastrea su recorrido —de consigna comunitaria a etiqueta global— y analiza cómo “wokismo” se transformó en un arma política en España y otros países. Una historia sobre cómo las palabras cambian de sentido cuando entran en el campo de batalla cultural.

Título: Qué significa Woke
Autor: El País
Fecha: 18 de marzo 2025

Del “stay woke” al “wokismo”: cómo un aviso se volvió consigna (y arma arrojadiza)

Por Equipo de Investigación

 

Las palabras, a veces, viajan más rápido que las ideas. Pensamiento Woke o Woke simplemente nació como una expresión sencilla —“estar despierto”— en el inglés afroamericano. Era una forma de recordarse entre pares que la injusticia no dormía, y que por tanto la vigilancia debía ser constante. Décadas más tarde, el término cruzó fronteras, se mezcló con la cultura pop, se globalizó en redes sociales y acabó convertido en uno de los conceptos más disputados del debate contemporáneo.

Hoy “woke” y su derivado “wokismo” funcionan como armas arrojadizas en tertulias, columnas y campañas políticas. Unos lo invocan para describir una nueva sensibilidad social frente a las desigualdades; otros lo utilizan como sinónimo de censura moral, corrección política o dogmatismo ideológico. Pero detrás del ruido hay una historia precisa: la de una palabra que pasó de ser advertencia solidaria a etiqueta global, cargada de sospechas y malentendidos.

Entender esa historia no es un ejercicio académico: es una forma de leer cómo se fabrican hoy los conflictos culturales y cómo se transforman en espectáculo.

 

Orígenes: una palabra de alerta – Woke

Antes de volverse un adjetivo de moda, woke fue una actitud. En la jerga afroamericana del siglo XX, significaba estar atento a las trampas del poder racial: no dejarse engañar por las apariencias de igualdad. El Oxford English Dictionary documenta su uso desde los años treinta, en contextos políticos y culturales ligados al movimiento por los derechos civiles.

La expresión “stay woke” reapareció con fuerza en la música. Erykah Badu la inmortalizó en 2008 en la canción Master Teacher: “I stay woke”. No era un eslogan, sino una afirmación íntima, casi espiritual. Pero esa frase —simple, rítmica, adaptable— contenía una carga política que pronto desbordaría el ámbito del soul y del hip-hop.

En esas comunidades, woke no era una moda intelectual. Era una consigna cotidiana: mantenerse despierto ante el racismo sistémico, la desigualdad o la violencia policial. Un modo de decir “no te duermas, porque el sistema no lo hará”.

 

De la cultura popular a la política de las redes

El salto a la esfera pública se produjo en 2014, tras el asesinato de Michael Brown en Ferguson (Misuri). Las protestas que siguieron, amplificadas por Twitter, popularizaron el hashtag #StayWoke junto a #BlackLivesMatter. En cuestión de semanas, la frase se convirtió en marca de identidad para una generación de activistas que combinaba la denuncia del racismo con un repertorio digital de memes, hashtags y transmisiones en directo.

Los medios internacionales recogieron ese nuevo léxico. Woke pasó a significar “conciencia social” o “alerta moral” ante distintas formas de injusticia: racial, de género, ambiental o sexual. En la década siguiente, el término entró en el vocabulario político de universidades, instituciones y empresas, a menudo asociado a políticas de diversidad e inclusión.

Pero al hacerse global, woke también perdió anclaje. En el camino se diluyó su contexto histórico —la experiencia afroamericana— y empezó a circular como sinónimo general de “progresismo” o “corrección política”.

Título: Trump says U.S. ‘will be woke no longer’
Autor: PBS News Hour
Fecha: 5 marzo 2025

La mutación: de virtud a acusación

El cambio decisivo llegó a partir de 2018. En Estados Unidos y Reino Unido, comentaristas conservadores comenzaron a usar woke en tono irónico o despectivo. Ya no significaba “conciencia”, sino “fanatismo moral”. Desde entonces, la palabra se ha cargado de connotaciones negativas: censura, cancelación, puritanismo ideológico.

La crítica al “wokismo” se consolidó como uno de los ejes de las llamadas guerras culturales. Políticos y medios encontraron en ella un enemigo cómodo: difuso, pero omnipresente. Donald Trump habló de “woke ideology” para desacreditar movimientos feministas y antirracistas; el gobernador de Florida, Ron DeSantis, presentó leyes “anti-woke” que restringen contenidos educativos sobre racismo o diversidad sexual.

En esa batalla simbólica, woke se transformó en un significante vacío: cada actor lo rellena según su interés. Para algunos, designa un exceso de sensibilidad social; para otros, un movimiento emancipador. Lo cierto es que su eficacia política radica precisamente en esa ambigüedad.

 

El “wokismo” en España: importación y adaptación

En el espacio hispanohablante, la palabra aterrizó con retraso, pero ya cargada de sentido polémico. “Wokismo” empezó a usarse en medios y tertulias hacia 2020, casi siempre como etiqueta despectiva. A diferencia de su origen afroamericano, aquí no designa una conciencia crítica, sino una caricatura: jóvenes ofendidos, censura lingüística, revisionismo histórico o imposición de lo “políticamente correcto”.

El término fue adoptado con entusiasmo por ciertos sectores mediáticos y políticos, que lo emplean para agrupar fenómenos diversos —feminismo, ecologismo, derechos LGTBI, lenguaje inclusivo— bajo una misma sospecha: la de ser ideologías moralistas importadas. De este modo, “wokismo” funciona como paraguas retórico que simplifica debates complejos y permite movilizar rechazo sin necesidad de discutir contenidos concretos.

En España, el rótulo cumple una doble función. Por un lado, deslegitima causas progresistas presentándolas como modas ajenas; por otro, sirve para reforzar una identidad “anti-woke” que se percibe a sí misma como defensora del sentido común y la libertad de expresión. El resultado es una polarización discursiva que poco tiene que ver con las luchas sociales originales y mucho con las dinámicas del espectáculo político.

 

El significante flotante

Lo que hace de woke una palabra tan potente —y tan peligrosa— es su capacidad de mutar. En términos semióticos, se trata de un significante flotante: un término que no tiene un significado fijo, sino que se llena y vacía según quién lo pronuncie.

Para quienes lo usan en su sentido original, ser woke es cultivar la atención: mirar las estructuras de injusticia que otros prefieren ignorar. Para sus críticos, es un dogma identitario que amenaza la libertad de pensamiento. Entre ambos polos se despliega un espacio intermedio de confusión, donde la palabra se usa sin saber muy bien qué nombra.

Esta plasticidad explica su éxito mediático. En los titulares, woke condensa en cuatro letras un conjunto de disputas que de otro modo requerirían largos matices: racismo, feminismo, lenguaje, historia, educación. Su brevedad es su poder. Pero también su trampa: al convertir debates complejos en una etiqueta emocional, favorece la reacción antes que la reflexión.

El negocio del escándalo

Las guerras culturales no se alimentan sólo de ideología: necesitan mercado. El “anti-wokismo” se ha convertido en un nicho rentable. Libros, conferencias, columnas y programas de televisión se venden bajo el formato de la denuncia contra la “dictadura woke”. En redes sociales, la indignación se monetiza: cada polémica sobre lenguaje o censura multiplica clics y seguidores.

Esta dinámica tiene un efecto colateral: despolitiza los problemas que dice combatir. Las desigualdades estructurales que dieron origen al término quedan relegadas a un segundo plano, mientras la atención se centra en los símbolos, las palabras o los gestos. Se discute menos sobre racismo o precariedad que sobre pronombres, estatuas o películas “canceladas”.

 

Entre la conciencia y la parodia

Paradójicamente, cuanto más se critica al “wokismo”, más se difunde su léxico. Expresiones como “microagresión”, “privilegio” o “interseccionalidad” han pasado del ámbito académico a la conversación cotidiana, aunque a menudo vaciadas de sentido o usadas con sarcasmo. Esta circulación ambigua refleja una tensión característica de la época: la convivencia entre una sensibilidad social más consciente y una saturación discursiva que convierte cualquier causa en mercancía cultural.

En ese contexto, el desafío no es “ser o no ser woke”, sino distinguir entre la conciencia genuina y su caricatura. No toda reivindicación de justicia social es un gesto moralista; tampoco todo rechazo a la corrección política es reaccionario. Pero el clima de polarización mediática tiende a borrar esos matices.

 

Una lectura desde el lenguaje

Cada época inventa sus insultos y sus credos. En el siglo XX, “rojo” o “burgués” eran rótulos que organizaban la división ideológica; en el XXI, woke cumple esa función simbólica. Su historia ilustra cómo las palabras pueden ser campos de batalla.

El hecho de que una expresión nacida en comunidades negras estadounidenses haya terminado siendo usada en Europa como sinónimo de censura moral dice mucho sobre la circulación global del discurso político. Las redes convierten los conceptos en virus: se propagan sin contexto, se adaptan al entorno y mutan según las condiciones locales.

De ahí que hablar de “pensamiento WOK” —como si existiera una doctrina coherente— sea, en sí mismo, una simplificación. No hay tal pensamiento, sino una serie de prácticas, sensibilidades y debates que comparten un mismo horizonte: reconocer formas de desigualdad antes invisibles. Lo que se discute bajo esa etiqueta no es tanto una ideología como el derecho a redefinir lo que se considera justo, legítimo o decente.

Título: ¿Qué significa WOKE? Autor: BBC News Fecha: 17 enero 2025

Didáctica de un término polémico

Para orientarse en el laberinto del “wokismo”, conviene recordar tres claves:

  1. El origen importa. Woke nació en contextos donde la alerta era cuestión de supervivencia, no de etiqueta moral. Recuperar ese sentido original es reconocer una genealogía de resistencia.

  2. La expansión es ambigua. La conciencia social que promovió también generó un nuevo conformismo: el riesgo de convertir la empatía en capital simbólico.

  3. El uso político es estratégico. Llamar “woke” a alguien es, hoy, una manera de situarlo en el tablero. No describe tanto lo que esa persona piensa, sino el lugar que se le asigna en la disputa cultural.

 

Cierre abierto

Woke fue, antes que nada, una invitación a no dormirse ante la injusticia. Convertido en wokismo, se ha vuelto un espejo en el que cada sociedad proyecta sus miedos y sus pugnas internas. En España, como en otros países, el debate sobre el término sirve de termómetro para medir hasta qué punto la conversación pública ha sustituido el análisis por la consigna.

Quizá convenga, entonces, volver a su sentido inicial: stay woke no era una orden ni una moda, sino un recordatorio de atención. Estar despierto implicaba mirar más allá del ruido, escuchar lo que queda fuera de cámara. En tiempos de saturación y polarización, esa tarea sigue siendo la más difícil y la más necesaria.

Porque el verdadero desafío no es elegir entre ser “woke” o “anti-woke”, sino aprender a sostener la vigilia sin convertirla en arma. En un mundo donde todo se convierte en etiqueta, mantener los ojos abiertos sigue siendo un gesto subversivo.