El engaño de la paz en Gaza: ¿estrategia o negocio?

Se anuncia la Paz en Gaza como si fuera una campaña publicitaria: fotos de abrazos, promesas de reconstrucción, discursos premiables. Pero tras el espectáculo, la devastación sigue. En este artículo, Ernesto Luque M. desmonta el relato del “acuerdo histórico” y plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la paz se convierte en una herramienta de propaganda y no en un derecho de los vivos?
paz en gaza

Título: Trucos para manipularte
Autor: Comunicreando
Fecha: julio 17 2025

¿Paz o marketing? El engaño de la paz en Gaza

Por: Ernesto Luque

La palabra paz tiene hoy la textura de un eslogan publicitario: brillo superficial, promesa inmediata, y un letal coste oculto. No hablo de la paz como aspiración—esa es inviolable—sino de la paz en mayúsculas que aparece en los titulares cuando conviene a quienes conservan armas y reputaciones. En las últimas semanas hemos asistido a algo parecido: un alto el fuego pactado entre Israel y Hamas, acompañado de la liberación escalonada de rehenes y de promesas solemnes de reconstrucción. En la escena pública todo huele a tregua y a gestos retóricos; en la realidad, millones siguen atrapados entre ruinas, hambre y la amenaza de una violencia que no se limita a un intercambio temporal. Reuters+1

Un repaso a los hechos (no se puede evadir la evidencia): hubo un acuerdo de alto el fuego que preveía la retirada parcial de fuerzas y la entrega de prisioneros a cambio de rehenes, acompañado de un aumento en la entrada de ayuda humanitaria. Las cámaras mostraron, con la teatralidad propia de la diplomacia contemporánea, rostros que regresaban y líderes que se fotografiaban como mediadores indispensables. Pero las liberaciones —algunas vivas, otras en ataúdes— no borran el hecho tangible: la franja de Gaza sigue siendo un espacio humanitario al borde del colapso. Reuters+1

Aquí radica el peligro retórico que quiero señalar: cuando la paz se instrumentaliza, deja de ser condición de vida para convertirse en moneda de cambio político. Un acuerdo que promete la libertad de unos pocos a cambio de la normalización de unas políticas que perpetúan la asfixia económica, el desplazamiento y la desintegración social no es reparación; es masking—una máscara. En el mejor de los casos calma la furia pública; en el peor, la neutraliza suficiente como para que se permita una “solución final” política y económica que devaste un tejido social entero. No es conspiranoia: es una lectura histórica de cómo los poderes reordenan la violencia cuando necesitan limpiarse la imagen. The Washington Post

 

No conviene negar la dimensión emocional: la liberación de rehenes produce júbilo, y el júbilo es un recurso político potente. Se pueden encuadrar imágenes de abrazos, consignas de “misión cumplida” y, acto seguido, presentar planes de reconstrucción que son, a menudo, puros espejismos: contratos internacionales, obras que no llegarán a los barrios más devastados, o proyectos condicionados a cambios de gobernanza que implican expulsiones, restricciones y control externalizado. El relato queda así: yo salvé a tu familiar; yo firmé la paz; ahora déjame reordenar tu casa. Es una vieja operación de legitimación que translada a la política la mecánica del marketing. The Guardian

Hay además otra pieza inquietante: la dimensión personalista del éxito geopolítico. Cuando la firma de un acuerdo se presenta como una “hazaña” de una figura determinada, la paz se convierte en trofeo. Las llamadas a recompensar con premios internacionales a quien logra mediar no son inocentes: coronan el marketing y borran las preguntas esenciales sobre justicia, responsabilidad y futuro político de un pueblo. El peligro es que el éxito personal disimule que la “paz” ha sido negociada desde posiciones de fuerza, sin abordar las causas profundas del conflicto ni garantizar mecanismos efectivos de protección civil o de derecho a la autodeterminación. El Post de Jerusalén+1

Mientras tanto, las agencias humanitarias y las Naciones Unidas siguen describiendo una realidad más tosca: hambre extrema, infraestructuras sanitarias colapsadas, y una emergencia que en algunos puntos ha sido calificada como hambruna. Las cifras de muertos, heridos y desplazados —muy superiores a lo que los discursos oficiales suelen reconocer— hablan de una devastación que no se cura con declaraciones ni con ceremonias. Si la paz no incorpora medidas de reparación material, restitución y garantías jurídicas, corre el riesgo de quedar reducida a una pausa entre episodios de violencia. unocha.org+1

¿Entonces qué pedir a la palabra paz? Primero, que no sea espectáculo. Que no sirva para blanquear campañas militares ni para legitimar decomisos de soberanía cultural y económica. Segundo, que incorpore justicia; la justicia no es solo reparto de alimentos ni desminado: es reconocer daños, abrir procesos de reparaciones con participación local y garantizar que la reconstrucción no sea un vehículo para la desaparición política de Gaza. Tercero, que los mediadores no monopolicen la historia: la voz de la sociedad civil palestina debe pesar más que los comunicados oficiales y las alfombras rojas de las cumbres. Y cuarto, que cualquier premio o reconocimiento a figuras internacionales venga con responsabilidad: no basta con mediar para lavar la conciencia global; hay que demostrar resultados duraderos para la población afectada.

Es preciso decirlo con claridad: la paz publicitada puede ser una trampa. Simplifica una situación compleja, recompensa a los que parecen resolverla a golpe de titulares y deja el trabajo sucio —la reconstrucción social, la escolarización, la memoria— para tiempos que no existen. Si ese “final” se convierte en pretexto para una administración de la miseria, entonces la paz habrá sido, en el fondo, la fórmula para administrar el exterminio paulatino de una forma de vida.

No soy ingenuo: en la guerra hay grados de reparación, y toda tregua puede salvar vidas. Pero sostener que la paz es un fin cuando llega envuelta en intereses personales y agendas estratégicas equivale a confundir la fachada con la casa. La tarea de los intelectuales, de los periodistas, de los vecinos y de los sobrevivientes es deshacer ese disfraz. Vigilancia crítica, insistencia en las garantías jurídicas y la reparación material, y rechazo de las celebraciones que ocultan condiciones estructurales de opresión: eso, y no una foto con un apretón de manos, es lo que merece llamarse paz.

Sevilla no está en Gaza, claro, pero la distancia no absuelve. La verdadera prueba de humanidad consiste en negarse a dejarse seducir por la paz de escaparate. Defender la palabra hasta que recupere su sentido: ese debería ser el mínimo ritual ético que nos queda.

Ernesto Luque Morales, periodista y filósofo

Ernesto Luque Morales

Doctor en Filosofía por la Universidad de Sevilla, con estudios de posgrado en Berlín y París, Ernesto Luque ha dedicado su vida a pensar lo contemporáneo con una mezcla de rigor, lucidez y escepticismo elegante. Su formación atraviesa tanto la filosofía clásica como la crítica moderna, con influencias que van de Heráclito a Cioran, de Spinoza a Byung-Chul Han, pasando por Nietzsche, Arendt y Didi-Huberman. Ernesto, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.