LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA
Título: ¿A qué se pueden atribuir las crisis en las grandes democracias?
Autor: CNN en Español
Fecha: junio 27 2021
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA
Por: Ernesto Luque Morales
La mentira ha dejado de ser lo que interrumpe el discurso democrático; ahora es su gramática. Mentimos en plural, con estilo, con hashtag. Se miente no para ocultar, sino para encantar. La verdad, en este nuevo orden, resulta lenta, torpe, ineficaz. Y lo que es peor: irrelevante.
No es que hayamos perdido la verdad. Es que hemos aprendido a vivir sin ella.
La posverdad no nombra una moda ni una disfunción mediática. Nombra una estructura afectiva del poder. No es un lapsus, es un diseño. Y la democracia —ese pacto que se sostiene sobre un suelo común de realidad— se vuelve inviable cuando ese suelo se vuelve líquido, movedizo, impugnable. El problema no es solo que se mienta. El problema es que las mentiras ya no tienen consecuencias. Decir la verdad, en este clima, es un gesto excéntrico.
LA POSVERDAD NO DISCUTE CON LA RAZÓN: LA SUPLANTA.
La posverdad no discute con la razón: la suplanta. Le ofrece al ciudadano un sucedáneo emocional de la realidad. No le exige pensar, sino reaccionar. En lugar de argumentos, afectos. En lugar de hechos, relatos. Lo que se busca no es convencer, sino afiliar. Como bien diagnostica Lee McIntyre, la era de la posverdad no comienza con la mentira política, sino con la erosión deliberada del valor mismo de la verdad.
Las emociones —miedo, rabia, identidad ofendida— reemplazan al juicio. La política se vuelve estética. Y el juicio, reflejo. No se construye una posición: se adopta un equipo. Lo político se vuelve tribal, como un estadio. Se corea, se grita, se defiende. Pero no se piensa.
Nos habíamos engañado creyendo que la democracia se defendía con datos, con transparencia, con instituciones. Como si bastara con verificar para convencer. Como si un fact-checking pudiera restaurar la confianza. Pero cuando el daño es estructural, el dato es irrelevante. En el fondo, la posverdad no desprecia la verdad: la ha reemplazado por otra cosa más funcional. Por algo que emociona, que moviliza, que tranquiliza. Aunque sea falso.
Los medios de comunicación han jugado su parte. No por conspiración, sino por lógica de mercado. En lugar de jerarquizar la información, compiten por atención. En vez de investigar, editan titulares. En vez de verificar, amplifican. Lo que importa no es lo que ocurre, sino lo que se puede monetizar. Y en eso, la mentira tiene ventaja: viaja más rápido, duele más, se viraliza mejor.
Estudios del MIT han demostrado que las noticias falsas tienen un 70% más de probabilidades de ser retuiteadas que las verdaderas. No por error: por deseo. Porque confirman lo que queremos creer. Porque ofrecen una narrativa, no una duda.
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
UNA DEMOCRACIA SIN HECHOS ES UNA FICCIÓN PARTICIPATIVA.
El deterioro no es solo cognitivo. Es político. Una democracia sin hechos es una ficción participativa. Se vota, sí. Pero lo que se vota ya no es una agenda, sino una emoción. La política se vacía de proyecto para llenarse de espectáculo. Cada elección es una batalla cultural, una guerra de signos, una performance afectiva.
Y aquí la posverdad brilla: puede ofrecer seguridad sin evidencia, enemigos sin pruebas, soluciones sin fundamento. Produce sentido sin necesidad de realidad. Su eficacia radica en que no necesita verificarse. Solo compartirse.
Así, se disuelve la diferencia entre verdad y creencia. Cada grupo tiene “sus” datos, “su” realidad, “sus” expertos. Ya no hay debate, solo conflicto. Y no un conflicto productivo, sino una guerra de relatos donde lo único que importa es la lealtad narrativa.
Superar la crisis de la democracia no exige unanimidad, pero sí suelo compartido. Lo común ya no es la ideología, sino el acuerdo mínimo sobre lo real. Y ese acuerdo se ha roto.
La fragmentación no es solo de opinión. Es de percepción. Y en esa fragmentación, el poder muta: ya no impone, sino que dispersa. El algoritmo es hoy más influyente que cualquier parlamento. Filtra, ordena, refuerza. No decide qué pensar, pero determina qué aparece y qué desaparece. Shoshana Zuboff ha descrito con precisión este capitalismo de la vigilancia que no necesita prohibir: solo predecir, inducir, reforzar.
El resultado es un ciudadano hiperinformado pero desorientado. Saturado de estímulos, pero incapaz de filtrar. Conectado a todo, pero desvinculado del otro. Y en ese contexto, la democracia se vuelve un decorado.
No hace falta un golpe militar para quebrar un sistema democrático. Basta con erosionar la confianza. En los hechos. En las instituciones. En el lenguaje. En el otro. Cuando ya no creemos en nada, todo es posible y nada importa. Y eso, para ciertos intereses, es el escenario ideal: la política sin política.
Se impone entonces una dictadura sin tanques: una dictadura del relato. Una dictadura de la percepción, donde todo se decide antes de que pensemos. No por represión, sino por saturación. El poder ya no necesita silenciar: le basta con amplificar hasta el agotamiento.
La pregunta no es cómo recuperar una verdad perdida, sino cómo construir lucidez en un mundo que prefiere la seducción a la verificación. El pensamiento se vuelve, en este clima, una forma de disidencia. Una forma de lentitud. De interrupción. De cuidado.
Pensar no como acto individual, sino como gesto político. No como exhibición de inteligencia, sino como resistencia a la consigna. Pensar, incluso sabiendo que el pensamiento no basta.
Porque la posverdad no se combate con eslóganes, sino con incomodidad.
No se trata de nostalgia. Ni de moralismo. Se trata de una pregunta radical: ¿es posible superar la crisis de la democracia prescindiendo de la verdad?
Si la respuesta es sí, entonces el nombre ya no importa. Llamémosla como queramos: seguirá siendo otra cosa.
Pero si la respuesta es no —si creemos que para superar la crisis de la democracia se necesita hechos, lenguaje, duda—, entonces la tarea es clara: resistir la simplificación, incomodar la certeza, abrir fisuras en el relato dominante.
Pensar, incluso cuando nadie escucha. Escribir, incluso cuando el algoritmo castiga. Preguntar, aunque no haya respuesta.
Porque mientras quede una palabra que no pueda ser rentabilizada, habrá posibilidad de otra política.
Y eso, hoy, ya es una forma de esperanza.

Ernesto Luque Morales
Doctor en Filosofía por la Universidad de Sevilla, con estudios de posgrado en Berlín y París, Ernesto Luque ha dedicado su vida a pensar lo contemporáneo con una mezcla de rigor, lucidez y escepticismo elegante. Su formación atraviesa tanto la filosofía clásica como la crítica moderna, con influencias que van de Heráclito a Cioran, de Spinoza a Byung-Chul Han, pasando por Nietzsche, Arendt y Didi-Huberman. Ernesto, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.













