RIESGO TRUMP
Probabilidad de lanzamiento: 91%
Probabilidad de contención: 49%
ARTÍCULO: ¿SERA DONALD TRUMP?
Título: Trump asegura que los SUBMARINOS NUCLEARES de EE.UU. están “MÁS CERCA DE RUSIA”
Autor: Diario AS
Fecha: 2 Agosto 2025
¿QUIÉN LANZARÁ EL MISIL?
RIESGO TRUMP
Por: Javier Ortega
RIESGO DE LANZAMIENTO: 51%
Probabilidad de lanzamiento: 93%
Probabilidad de contención: 43%
PROBABILIDAD DE LANZAMIENTO
I. PODER INTERNO
Desde su regreso a la presidencia en enero de 2025, Donald Trump no solo ha consolidado su control sobre el poder ejecutivo, sino que ha comenzado a desmantelar —con una mezcla de legalismo agresivo y lealtad ciega— buena parte de los frenos institucionales que podrían contenerlo.
En su primer mandato, hubo figuras que sirvieron como amortiguadores: generales que se negaron a cumplir órdenes impulsivas, asesores legales que intervinieron en decisiones críticas, funcionarios de seguridad nacional que filtraban lo inaceptable antes de que llegara a protocolo. Ahora, esos filtros ya no existen. Los nombramientos clave en su segundo mandato revelan una lógica distinta: cargos ocupados por leales ideológicos, no por técnicos independientes. El secretario de Defensa, el director de la CIA, el jefe del Estado Mayor Conjunto… todos responden a un mismo patrón: alineamiento personal antes que profesionalismo.
El Congreso, aunque dividido, opera bajo la presión de un Partido Republicano transformado en instrumento de amplificación trumpista. Las cámaras de representación ya no ofrecen contrapeso: apenas registran la velocidad con la que el Ejecutivo consolida poder narrativo y simbólico. Y lo más relevante: el acceso al armamento nuclear en EE.UU. sigue siendo prerrogativa exclusiva del presidente.
No hay “botón rojo” como tal, pero sí un protocolo que permite al comandante en jefe ordenar un ataque nuclear en cuestión de minutos, sin necesidad de aprobación legislativa. Es decir, si Trump decide lanzar un misil, nadie tiene autoridad formal para impedirlo en tiempo real. La erosión de contrapesos, combinada con una cultura institucional domesticada por el miedo, aumenta significativamente el riesgo de una decisión impulsiva, simbólica o tácticamente catastrófica.
| Variable Evaluada | Nivel de riesgo |
| Control del poder ejecutivo | Muy alto |
| Margen de autonomía militar | Bajo |
| Contrapeso legislativo | Bajo |
| Cultura institucional (resistencia interna) | Muy bajo |
| Acceso técnico exclusivo a decisión nuclear | Muy alto |
CALIFICACIÓN PODER INTERNO: 18/20
Trump gobierna con amplísima autonomía interna. El sistema de chequeos y balances ha sido debilitado estructuralmente. Los únicos que podrían frenar una orden nuclear ya no tienen poder —o voluntad— para hacerlo. Solo una improbable insubordinación militar o una filtración externa podría interrumpir el proceso. El riesgo de que una decisión extrema se ejecute sin frenos es muy alto.
¿QUIÉN LANZARÁ EL MISIL?
II. CONTEXTO INTERNACIONAL
Si el primer mandato de Trump tensó las costuras de la política internacional, su segundo mandato las está deshilachando por completo. El regreso de Trump a la Casa Blanca ha producido un reacomodamiento global de fuerzas, con efectos inmediatos sobre alianzas, tratados y equilibrios estratégicos. La premisa básica de su política exterior es simple: la cooperación no es principio, es moneda de cambio.
Todo se negocia, todo es instrumental, todo tiene un precio. Y cuando el poder militar entra en juego, el lenguaje cambia: ya no es diplomacia, es espectáculo disuasorio. Bajo esta lógica, el arsenal nuclear estadounidense ya no es solo una garantía estratégica: es un activo narrativo. Es parte de su forma de gobernar. Amenazar con “usar todo lo que tenemos” no es una hipótesis apocalíptica, sino una fórmula recurrente en sus discursos. El escenario internacional actual es particularmente volátil. Algunos elementos clave:
Rusia ha consolidado su ocupación del este de Ucrania, gracias en parte a una posición ambigua de la administración Trump, que ha recortado apoyo militar y ha coqueteado con Moscú en foros informales. Putin interpreta esto como una luz verde tácita para ampliar su margen de acción.
China intensifica su presión sobre Taiwán, midiendo la respuesta de una Casa Blanca que oscila entre la provocación verbal y el aislamiento estratégico. El “America First” de Trump ha debilitado las redes de contención en Asia.
Irán, reforzado por el desarme del acuerdo nuclear impulsado por Obama y abandonado por Trump, retoma su programa con retórica agresiva. Las tensiones con Israel están al borde de la conflagración directa.
Corea del Norte, por su parte, se ha sentido autorizada a realizar nuevas pruebas nucleares, sabiendo que Trump valora más la teatralidad que la sanción.
Y mientras tanto, la OTAN está fracturada. Trump ha reducido su participación, ha amenazado con retirarse y ha declarado públicamente que no defendería a países “que no pagan lo suficiente”. El mensaje para los aliados es claro: están solos. El mensaje para los enemigos también: la respuesta de EE.UU. será personalista, no institucional.
Este vacío diplomático —creado, o al menos tolerado, por la administración Trump— genera un campo de juego ideal para errores de cálculo, provocaciones mal interpretadas o demostraciones de fuerza desproporcionadas. Y en ese contexto, lo nuclear vuelve a cobrar protagonismo. No porque haya un plan explícito para usarlo, sino porque la amenaza de usarlo se convierte en parte de la conversación.
| Variables Evaluadas | Nivel de riesgo |
| Aislamiento diplomático de EE.UU. | Alto |
| Fragilidad de alianzas estratégicas (OTAN, Asia) | Muy alto |
| Riesgo de error de cálculo en regiones calientes | Muy alto |
| Capacidad de respuesta disuasoria | Moderado |
| Estabilidad global del régimen de no proliferación | Bajo |
CALIFICACIÓN CONTEXTO INTERNACIONAL: 17/20
El contexto internacional ha pasado de ser un sistema de disuasión cruzada a un campo de pruebas narrativas. Trump se mueve con lógica transaccional en un escenario donde cada error puede escalar en minutos. La falta de diplomacia estable, el debilitamiento de alianzas históricas y el desprecio por el multilateralismo elevan exponencialmente el riesgo de que una crisis se resuelva con una acción nuclear, especialmente si se percibe que eso restituye “el respeto perdido.
III. IDEARIO Y DOCTRINA
Trump no tiene una doctrina estratégica en el sentido clásico. No es un ideólogo, ni un doctrinario, ni un pensador militar. Su pensamiento político es una mezcla de instinto, resentimiento, testosterona retórica y una profunda convicción de que el poder solo se respeta cuando se demuestra.
Lo nuclear, en ese marco, no es una herramienta táctica. Es una amenaza performativa. Un elemento dramático que le permite marcar la cancha sin necesidad de entrar al partido. Desde su primer mandato lo ha dejado claro: las armas nucleares no están para usarse, pero sí para recordarle al mundo quién manda. Su frase recurrente lo resume todo: “¿Para qué tener armas nucleares si no podemos usarlas alguna vez?”
Y ahí está el problema. Ese “alguna vez” no es una metáfora. Es un gesto de marketing político que rompe con la lógica del tabú nuclear que ha regido la diplomacia internacional desde 1945. Para Trump, la mera existencia del arsenal no es disuasoria si no se acompaña de una amenaza explícita y recurrente. La disuasión, para él, no es mutua. Es vertical. O se impone, o no sirve.
En su segundo mandato, esta visión se ha reforzado. Rodeado de asesores alineados con el nacionalismo cristiano, la teoría del “poder moral americano” y el excepcionalismo occidental, Trump ha absorbido una narrativa casi sagrada del poder destructivo. Lo nuclear se mezcla con lo divino: es castigo, purga, espectáculo final. Y aunque él no sea religioso en el sentido estricto, sí entiende el valor escenográfico del Apocalipsis.
Su visión de mundo no contempla términos medios. Para Trump, la negociación es señal de debilidad, la diplomacia es burocracia, y la contención es rendición. Por eso, el uso del poder máximo siempre está sobre la mesa. Porque si no se menciona, no existe. Y Trump necesita que exista. Necesita que el mundo sepa que es capaz. Y eso, en el juego nuclear, no es una estrategia: es un riesgo existencial.
Variable Evaluada | Nivel de riesgo |
Visión del poder como espectáculo | Muy alto |
Desdén por la doctrina clásica de disuasión mutua | Muy alto |
Influencia de asesores con ideologías apocalípticas | Alto |
Rechazo de la diplomacia como vía legítima de resolución | Alto |
Tendencia a plantear amenazas máximas como táctica retórica | Muy alto |
CALIFICACIÓN IDEARIO Y DOCTRINA 19/20
El ideario de Trump no contiene frenos simbólicos ni doctrinarios al uso del poder absoluto. Al contrario, lo nuclear forma parte de su repertorio político habitual, como amenaza performativa constante. No necesita querer usarlo para ser peligroso: le basta con creer que debe sonar creíble cuando lo dice. Esa creencia, en sí misma, lo acerca demasiado al borde.
IV. PERSONALIDAD Y ESTABILIDAD PSICOLÓGICA
Hablar de la personalidad de Donald Trump no es un ejercicio de estilo. Es una aproximación al epicentro de una amenaza latente. Si el mundo tiene protocolos, comités y códigos de lanzamiento para contener un ataque nuclear, Trump tiene solo una estructura de toma de decisiones: su ego.
Durante años, psiquiatras, politólogos y analistas han debatido si es correcto o ético “diagnosticar” públicamente a un líder mundial. Pero en el caso de Trump, el problema no es clínico, es comportamental. Sus reacciones ante la crítica, la humillación, la derrota o el ridículo siguen un patrón: desproporcionadas, impulsivas y orientadas a la revancha simbólica inmediata.
Su necesidad patológica de ganar —de “dominar la escena”— es lo que lo hace tan peligroso en una situación de crisis real, donde las decisiones deben tomarse bajo presión y sin margen de error. Si percibe que alguien lo desafía, lo insulta o lo pone en una posición de debilidad, no responde con estrategia, sino con exhibición.
En este nuevo mandato, Trump parece incluso más contenido externamente… pero más radicalizado internamente. No necesita gritar ni lanzar furias en Twitter: ya tiene el poder. Y lo administra como quien porta un arma cargada sin seguro.
Hay otros factores agravantes:
- Su edad (79 años) no ha ralentizado su impulso reactivo. De hecho, lo ha reforzado: ya no busca futuro, busca legado. Y nada es más absoluto que la amenaza nuclear como rúbrica final de su paso por la historia.
- El aislamiento emocional: tras la purga de asesores independientes y el cierre del círculo de confianza, Trump vive en un entorno de eco total, donde ninguna voz crítica lo alcanza. Esto refuerza su convicción de infalibilidad.
- La judicialización de su figura (aunque parcialmente resuelta tras su reelección) ha dejado cicatrices. Trump no olvida ni perdona. Y si interpreta que el sistema intentó destruirlo, podría usar su segundo mandato como vendetta geopolítica.
Pero hay un punto que resume todo este apartado:
Trump no ve la guerra como un fracaso. La ve como una forma de victoria.
Y si se le presenta la oportunidad de demostrar que su voluntad es más fuerte que cualquier tratado, no hay estructura emocional que garantice lo contrario.
| Variable Evaluada | Nivel de riesgo |
| Impulsividad y reactividad emocional | Muy alto |
| Necesidad de validación permanente | Muy alto |
| Tendencia a personalizar conflictos políticos | Alto |
| Falta de entorno crítico o contrapesos afectivos | Muy alto |
| Búsqueda de legado a cualquier coste | Alto |
CALIFICACIÓN PERSONALIDAD: 18/20
Trump no cumple con los estándares emocionales mínimos que el control de un arsenal nuclear exige en un líder. Sus decisiones están mediadas por el ego, no por la prudencia. Y en un mundo donde la provocación se puede convertir en incidente en cuestión de horas, su estabilidad emocional es, en el mejor de los casos, una ruleta. El riesgo de una reacción desproporcionada no es bajo: es estructural a su carácter.
V. GRUPOS DE PRESIÓN
Uno de los cambios más profundos entre el primer y el segundo mandato de Trump es la naturaleza de su entorno. Ya no hay generales que advierten, ni asesores que matizan, ni juristas que frenan. El círculo que rodea hoy al presidente está compuesto por creyentes, no por técnicos.
Y eso es grave.
Porque no hay control institucional si el entorno solo existe para amplificar una visión de mundo, no para cuestionarla. En este segundo mandato, Trump ha blindado su administración con figuras provenientes de tres núcleos principales:
- Ultranacionalistas evangélicos: muchos de ellos comparten una visión apocalíptica de la política global, donde EE.UU. es un instrumento divino y el conflicto final con el “eje del mal” es inevitable. Para esta corriente, la guerra no es solo admisible, es profética.
- Halcones de la industria armamentística y energética: CEOs, lobbies y grupos de presión que ven en cada escalada una oportunidad de negocio. La tensión geopolítica se traduce en contratos, subsidios y expansión de presupuesto militar. El botón rojo no es tragedia: es inversión.
- Operadores ideológicos del ecosistema MAGA y alt-right: no ocupan cargos, pero sí dominan la narrativa. Desde medios como Newsmax, sitios conspiranoicos o think tanks ultraconservadores, modelan una cultura política donde el uso del poder extremo es “necesario para restaurar el orden”.
Trump, que no responde al establishment tradicional, encuentra validación en esta red informal de presión, donde el uso del lenguaje bélico y apocalíptico es moneda común. No necesita que lo inciten a atacar. Le basta con que le repitan que no hacerlo sería señal de debilidad.
Y no olvidemos a su base. Millones de votantes lo siguen no a pesar de sus bravuconadas nucleares, sino porque creen que es capaz de hacerlo. Esa percepción de “hombre impredecible y letal” es parte de su mito. Y ningún mito se sostiene con gestos moderados.
¿Quién frenaría una orden nuclear de Trump?
- ¿Su gabinete? No hay nadie allí con autoridad para oponerse.
- ¿El Congreso? Llegarían tarde.
- ¿El Pentágono? Con los cambios recientes, tampoco es seguro.
- ¿La opinión pública? Nunca le importó.
- ¿Sus aliados más cercanos? Están ahí justamente porque no lo harían.
| Variable Evaluada | Nivel de riesgo |
| Ausencia de figuras moderadoras en el gabinete | Muy alto |
| Presencia de grupos con visiones apocalípticas | Alto |
| Incentivos económicos ligados al conflicto bélico | Alto |
| Cultura política basada en la fuerza extrema | Muy alto |
| Ecosistema mediático y digital de validación | Muy alto |
CALIFICACIÓN GRUPOS DE PRESIÓN: 19/20
El entorno que rodea hoy a Donald Trump no representa un freno, sino una cámara de eco peligrosa. Está compuesto por figuras y estructuras que validan el uso extremo de poder como vía legítima y simbólica. La posibilidad de que alguien interno cuestione, retrase o bloquee una orden de ataque nuclear es casi inexistente. Por eso, el riesgo derivado de su entorno es altísimo y amplifica todos los demás factores analizados.
RESULTADO FINAL
PROBABILIDAD DE LANZAMIENTO ESTIMADA:
91% → NIVEL CRÍTICO
Donald Trump, en su segundo mandato, no solo concentra el poder nuclear. Lo hace rodeado de un sistema simbólico, institucional y emocional que reduce drásticamente las barreras de contención. El botón no está solo en su escritorio: está integrado a su identidad política. Y eso lo convierte —sin metáforas— en uno de los mayores riesgos nucleares del siglo XXI.
PROBABILIDAD DE CONTENCIÓN
I. CONTENCIÓN CULTURAL Y NARRATIVA HISTÓRICA
Estados Unidos posee una tradición ambivalente en materia nuclear. Por un lado, es el único país que ha usado armas atómicas en guerra (Hiroshima y Nagasaki); por otro, lleva más de 75 años como principal garante del equilibrio nuclear global —al menos en el relato oficial.
En la cultura política estadounidense existe un fuerte sentido de excepcionalismo, que muchas veces ha servido como motor de intervención… pero también como contención. La “democracia más antigua del mundo” aún necesita, incluso en su versión trumpista, mantener una narrativa de racionalidad y legitimidad ante sus aliados.
A esto se suma una sociedad civil aún activa, con sectores del periodismo, el sistema judicial, la academia y el propio establishment militar que, aunque debilitados, pueden levantar alarmas si el lenguaje nuclear se acerca demasiado a la acción. Aunque Trump ha sabido desactivar esos frenos, siguen ahí, latentes.
NIVEL DE CONTENCIÓN CULTURAL: 13/20
Puede frenar parcialmente una escalada, pero no es decisivo si el poder presidencial se ejerce sin oposición real.
MIEDO COLECTIVO A LA REACCIÓN GLOBAL
Aquí el diagnóstico es más crudo: Trump no teme a la reacción global. Al contrario, la provoca, la desea, la capitaliza. Durante su primer mandato demostró que la condena internacional, las protestas globales o las advertencias de aliados no lo disuaden. Su base política valora precisamente ese desafío a la “corrección diplomática”.
Peor aún: en una narrativa trumpista, una respuesta airada del mundo puede incluso legitimar la acción previa. Si hay caos, es porque él tuvo razón. Si hay pánico, es porque él tiene poder.
El miedo a una respuesta militar (por ejemplo, de Rusia o China) es más disuasorio. Pero aun así, su confianza ciega en la supremacía armamentística de EE.UU. —y su desprecio por el multilateralismo— reducen este factor de contención a un mínimo técnico.
NIVEL DE MIEDO COLECTIVO: 8/20
El miedo a la reacción externa pesa poco en su cálculo político o emocional.
III. CONTROL TÉCNICO-OPERATIVO RESIDUAL
Aunque el presidente de Estados Unidos posee autoridad única para ordenar un ataque nuclear, el proceso no es instantáneo. Existen procedimientos codificados que requieren confirmación a través del llamado «football nuclear», validación de códigos y una cadena mínima de mando.
Estos pasos pueden realizarse en minutos, sí. Pero en escenarios anómalos, con órdenes percibidas como ilegales, algunos oficiales pueden negarse a ejecutar la acción sin una revisión adicional. Esto ha sido discutido abiertamente por exfuncionarios del Pentágono tras la presidencia anterior.
El problema es que estos mecanismos dependen más del coraje individual que del diseño institucional. Y Trump ha aprendido a rodearse de ejecutores, no de pensadores.
NIVEL DE CONTROL TÉCNICO-OPERATIVO: 10/20
Existe una posibilidad de resistencia operativa en un escenario extremo, pero no puede ser considerada una barrera firme.
DETERMINACIÓN DEL RIESGO GLOBAL DE LANZAMIENTO NUCLEAR (RGLN)
Sabiendo que:
RGLN = PROBABILIDAD DE LANZAMIENTO*×(1-CONTENCIÓN TOTAL**/60)
*Contención Total = Suma de índices de contención, miedo y freno.
**Probabilidad de lanzamiento: La obtenida con los factores.
Entonces:
RIESGO DE LANZAMIENTO: 45% RIESGO ALTO*
*Tabla de riesgo
- 0–20: Riesgo bajo
- 21–40: Riesgo medio
- 41–60: Riesgo alto
- 61–80: Riesgo crítico
- 81–100: Riesgo extremo

Javier Ortega
Javier Ortega estudió Historia en la Universidad de Granada, donde desarrolló su gusto por las narrativas del colapso, las herejías culturales y las marginalidades del pensamiento. Más tarde completó el Máster de Periodismo de El País y cursó estudios parciales en Derecho, lo que le dio herramientas para moverse con precisión verbal incluso en los terrenos más resbaladizos. Javier, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.


