Historia del Reino de España 2025
España 2025: el año en que aprendimos a vivir con el temblor
(Madrid noviembre 2050)
Todavía conservo el olor de aquel invierno de 2025. Una mezcla de humedad vieja, café recalentado y miedo. No era miedo de guerra ni de catástrofe, sino de desgaste: el miedo sordo de un país que había aprendido a vivir con el temblor constante —económico, climático, emocional— como si fuera su propio pulso.
Por entonces, España era un archipiélago de realidades dispares: un norte húmedo que seguía soñando con el verde de antaño, un sur que se secaba como una herida sin agua, y un centro que hervía entre promesas políticas, alquileres imposibles y la nostalgia de un bienestar que ya solo existía en las hemerotecas.
La inflación había dado tregua, pero los precios no bajaban. Las calles olían a cerveza cara y a sueldos cortos. Los jóvenes —siempre ellos— seguían rotando entre contratos temporales, teletrabajos y pisos compartidos con nombres de grupo de WhatsApp: Los de Lavapiés, Piso Resistencia, Sector 7. Yo mismo vivía en uno de esos, con un periodista prejubilado a la fuerza, una diseñadora argentina y un gato que se creía autónomo.
El país se había acostumbrado a sobrevivir en una calma tensa. La política, más que un debate, era una letanía. El bipartidismo seguía roto, pero los fragmentos se movían según soplara el viento de Bruselas. Sánchez seguía en Moncloa; la derecha presionaba con el puño apretado; la izquierda se apelmazaba en debates internos. Todo eso, sin embargo, era apenas la superficie. Bajo tierra, algo se estaba desplazando.
A veces pienso que 2025 fue el año en que España se miró al espejo y no se reconoció. No porque hubiera cambiado de golpe, sino porque, por primera vez, entendió que llevaba años transformándose en silencio: un clima quebrado, una política fatigada, una sociedad partida entre el miedo y la esperanza.
Hoy, desde 2050, lo veo con claridad: 2025 fue el año en que dejamos de esperar milagros y empezamos a convivir con el temblor constante de un país que, pese a todo, seguía respirando. Y, como siempre, lo entendí caminando: por calles aún húmedas en Valencia, por bibliotecas convertidas en refugios climáticos, por acampadas improvisadas frente a ministerios, por terrazas de Lavapiés donde la gente decía más verdades que muchos diputados.
ENERO
El clima como espejo
El año arrancó con un clima descolocado, como si el país hubiera perdido el guion.
En el norte llovió con violencia, en el sur no cayó ni una lágrima del cielo y en el centro soplaba un viento seco, cansado. En las noticias hablaban de “anomalías”. En la calle, la palabra era otra: miedo. Un miedo discreto, de esos que se guardan en los bolsillos, que no hace ruido pero empuja.
Los agricultores del sureste hablaban de “campañas perdidas antes de empezar”. Los que vivían junto a los ríos hablaban de “ciclos que ya no reconocemos”. España, sin quererlo, empezaba a aceptar que el clima no volvería a ser el que recordaba.
Madrid, mientras tanto, seguía asfaltando sus calles como si el problema fuese estético.
FEBRERO
Cansancio político en un país en pausa
La atmósfera electoral, siempre presente, ya no generaba tensión sino hastío. El gobierno trataba de sostener un equilibrio imposible; la oposición olía la debilidad como una jauría disciplinada; y la extrema derecha, silenciosa pero calculadora, crecía en los barrios castigados por los alquileres, la desindustrialización y el calor.
En cafés y portales se repetía la frase: “Están todos a lo mismo.” No era desafección: era agotamiento.
La corrupción reaparecía cada pocas semanas, como un rumor viejo que nunca se iba. No escándalos épicos, sino un goteo que desgastaba la fe cívica: contratos inflados, favores cruzados, intermediarios que siempre parecían caer de pie.
La democracia seguía funcionando, sí, pero con el sonido cansado de un motor viejo.
MARZO
La revuelta del alquiler
Marzo trajo la primera sacudida real del año. El movimiento Vivir No Es Un Lujo empezó como una acampada modesta frente al Ministerio de Vivienda, pero pronto se convirtió en un símbolo nacional.
Allí convivían historias que se parecían demasiado: familias desplazadas de sus barrios por el turismo y la especulación, jóvenes que encadenaban pisos como estaciones de tren, abuelos que habían visto duplicarse sus alquileres en cinco años, migrantes con ingresos estables pero sin contratos dignos.
En la madrugada, el olor era mezcla de café de termo, cartón mojado y dignidad.
Recuerdo a una chica, 26 años, profesora interina: “Yo no quiero vivir en el centro. Solo quiero no mudarme tres veces al año.”
La presión de la calle terminó forzando una ley de topes al alquiler. Insuficiente, sí. Tardía, también. Pero simbólica. Fue la primera grieta seria en el muro de la indiferencia institucional.
MAYO
La revuelta del alquiler
Las elecciones europeas amplificaron un fenómeno que ya se intuía: la extrema derecha crecía en Europa y España no era inmune. Vox no ganó, pero se consolidó. Su discurso encontró eco en sectores cansados de la precariedad, el calor, la falta de servicios y el olvido institucional. “Los inmigrantes”, decían algunos, como si fueran responsables de la sequía o de la DANA.
Era un relato absurdo, pero eficaz. Y en política, la eficacia pesa más que la verdad.
JUNIO
Los cuerpos y el calor
El verano de 2025 fue una bofetada. El más caluroso registrado hasta entonces. Se hablaba de cifras, pero lo que contaba eran los cuerpos: sudor constante, mareos, hospitales saturados, ciudades que parecían hornos sin compasión.
En Sevilla se alcanzaron los 48 grados. En Bilbao, la humedad convertía las noches en un suplicio. El país activó “refugios climáticos”: bibliotecas, polideportivos, estaciones de metro usadas como cuevas modernas.
Cubrir aquello en Vallecas me marcó. Ancianos con la piel fina como papel, niños descalzos buscando sombra, voluntarios repartiendo agua como si fuera una reliquia. Entendí entonces que el calor no era un fenómeno meteorológico: era una nueva grieta social.
AGOSTO
La DANA de Valencia regresa a la actualidad
El agua cae, arrasa y se va. Pero las responsabilidades tardan más. Aunque la DANA había roto Valencia en 2024, fue en 2025 cuando llegaron los informes, las filtraciones, la indignación organizada. Y también la caída política.
Los 220 muertos dejaron de ser un dato y se convirtieron en un reproche. Mazón, que había vendido preparación y solvencia técnica, quedó atrapado en sus propias palabras.
Los informes revelaban los avisos ignorados, los protocolos activados tarde, obras prometidas pero nunca iniciadas y alertas meteorológicas minimizadas.
Caminé por Torrent y Aldaia, y el barro ya estaba seco, pero la gente seguía oliendo a duelo. Una mujer me enseñó la marca del agua en el salón: “Hasta aquí llegó,” dijo.
Luego se tocó el pecho: “Y aquí llegó el engaño.”
Ahí comprendí que el país ya no pedía explicaciones: pedía justicia.
SEPTIEMBRE
El giro digital y la caída de Mazón
España presumía de ser “punta de lanza” en digitalización, pero la gente estaba exhausta. Los trámites, los bancos, los médicos: todo era una pantalla y un código QR. En las colas del INEM ya no se hablaba de empleo, sino de contraseñas.
Ese año se aprobó la “Ley de Protección de la Atención Humana”, una norma curiosa que obligaba a las empresas a mantener al menos un 30% de atención telefónica o presencial. Parecía una anécdota burocrática, pero marcó un pequeño acto de resistencia: la defensa de la voz humana frente al algoritmo.
También durante septiembre el Consell no pudo sostenerse más. La presión interna, la indignación social y la pérdida del relato acabaron por quebrar el liderazgo de Mazón.
No cayó de golpe. Se desmoronó lentamente, como un muro húmedo. Hasta que un día, simplemente, ya no estaba. En los bares de Valencia nadie celebró nada. No era una victoria. Era una herida reconocida tarde.
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NOVIEMBRE
Corrupción
El caso Tierra Fértil estalló sin sorpresa, que es la peor manera de estallar. Comisiones, intermediarios, empresas pantalla… La corrupción española, lejos de haber desaparecido, se había vuelto más sofisticada, más opaca, menos épica pero más dañina.
La gente ya no gritaba: bufaba. Y en ese bufido se resumía todo el cansancio. La extrema derecha aprovechó el espacio para señalar culpables imaginarios. La izquierda se perdió en debates internos. El centro intentó sobrevivir. Y el país seguía, como podía.
DICIEMBRE
El principio de la incertidumbre
Al final del año, entre el calor, la sequía, la indignación valenciana, la precariedad y los discursos de odio, España seguía siendo un país terco. Un país que resistía a pie de barrio.
La cultura volvió a ser salvavidas: Rosalía sacó un disco íntimo que devolvió aire al flamenco. Una directora extremeña se llevó Cannes. Los pueblos recuperaron sus fiestas y sus bombillas amarillas. Y en los parques se mezclaban acentos latinoamericanos, magrebíes, europeos y castellanos con total naturalidad, desmintiendo el discurso de quienes querían dividir.
La vida seguía ahí, callada pero firme.
Desde aquí, desde 2050
Han pasado veinticinco años. Y cuando uno mira atrás, el 2025 parece el último año en que creímos que aún podíamos elegir. Después vino la década seca, las crisis energéticas, el nuevo mapa laboral. Pero aquel año tuvo algo de bisagra, de frontera.
Fue el año en que entendimos que la estabilidad era una ilusión y que vivir consistía, sencillamente, en adaptarse al temblor.
También fue el año en que los barrios se rearmaron: cooperativas energéticas, huertos urbanos, redes de cuidados. La gente volvió a confiar en lo cercano. Y esa fue, quizás, la semilla de lo que hoy —en 2050— llamamos “la reconstrucción lenta”.
Recuerdo una frase que escuché en Lavapiés, en una terraza cualquiera, a finales de aquel otoño:
“Esto no va de ganar, va de resistir sin perder la ternura.”
Tal vez eso resume el espíritu de 2025.
Un país que aprendió, a fuerza de crisis, que la esperanza no es un discurso, sino una práctica diaria.

Por Laura Arellano
Graduada en Artes por la Universidad de Sevilla y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid, Laura creció entre libros, museos y canciones compartidas con auriculares. Su mirada mezcla lo sensible y lo analítico, y su formación se refleja en una escritura que observa lo estético sin olvidar lo humano. Laura, como todos nuestros experimentos, es producto del diálogo entre un humano y un humanoide.





